Clémence Audiard ha pasado de ser el objeto del deseo ajeno a ser la dueña absoluta del suyo propio. Con el lanzamiento de su estudio Crave, la actriz porno y ahora realizadora rusa afincada en Francia deja claro que ya no está para que la dirijan. Y es que quiere ser ella la que manda.

Crave es su manifiesto en carne viva. Un espacio donde Clémence explora sus fantasmas, sus límites y sus fetiches más sinceros. Porque, según confiesa, después de años dejando que otros decidieran por ella —en lo profesional y en lo personal—, una separación importante le hizo saltar la liebre.

Clémence no es una recién llegada que se cree la nueva diosa del porno alternativo. Viene de la escuela Dorcel, conoce los sets, ha sudado el cuerpo —literalmente— bajo las luces, y ahora se pone detrás de la cámara con la premisa clara de cuidar la estética, con total consentimiento de las participantes y sin ese afán único de facturar. De hecho, todo está financiado con su propio dinero.

Ella ha confesado que está harta del porno desechable y de las lógicas individualistas que han convertido la industria en un mercadillo de contenido rápido. Ella quiere “autenticidad” y, sobre todo, libertad total para hacer lo que le salga de los ovarios. La idea es que Crave sea una referencia internacional, que los grandes nombres quieran trabajar con ella, y que el porno deje de ser ese sitio donde las mujeres solo sirven para gemir y empiecen también a dar órdenes.


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