Hablemos claro, en el porno también se vende la moto; ves a una tía tragándose una polla como si fuera un Chupa Chups y piensas eso está chupado… Pues no. Por ejemplo, en el caso de la penetración anal, sino se hace con las precauciones adecuadas, puede doler como una patada en los huevos, y puede dejar secuelas. Pero bien hecha, puede convertirse en una experiencia muy grata. La primera lección es que no es un “plan b” (cuando la mujer tiene la regla) ni un premio, es una práctica sexual como otra cualquiera, pero digamos que con su propio manual de instrucciones.

Este manual dice: consentimiento, lubricante, paciencia y comunicación. Sin eso, lo mismo has de conformarte con el misionero. El ano no se lubrica solo, y nada de anestésicos, que el dolor es tu amigo para saber cuándo parar. Si escuece, para. Si sangra, al médico. Y por supuesto, chicos y chicas, el porno no es la vida real; esos manubrios de 25 centímetros y esos fistings imposibles son de gente entrenada durante años, no sean cándidos, por el amor de Dios. Tú empieza con un dedo, pasa a un juguete pequeño, y cuando el cuerpo te pida más, entonces ya veremos. Y si nunca te apetece, también es válido. La sodomía bien hecha es placer mutuo, confianza y comunicación; mal hecha, es una cita con el proctólogo. He ahquí la elección. Y recuerda, cambiar de agujero sin higiene de por medio es de cafres.
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