Lily Lou es la estrella del porno de las transformaciones. Hoy anime japonesa, mañana morena incendiaria y pasado mañana lo que haga falta. Una peluca, un tinte y cuatro adornos bastan para resetear el personaje, sin olvidar sus llamativos “tuneados”. Antes de una starlet destacada de este negocio, encadenó tres curros a la vez —fundas de móvil, zapatería de centro comercial y strip nocturno— hasta que la realidad le enseñó el sueldo miserable que le esperaba como asistente médica. Entonces hizo una promesa digna de barra de bar con chupitos de por medio; si Trump ganaba, se metía en el porno. El «naranjito» infame ganó. Lily cumplió. Desde entonces, más de 250 escenas y ninguna precisamente de misa dominical. Pero Lily no se limita a cambiar de vestuario, su cuerpo es un proyecto en permanente obra. Las joyas de la corona son sus nalgas, intervenidas en tres actos quirúrgicos en Miami, todo en el mismo día y con un mes posterior de bastante dolor .Y sin embargo, bajo la chapa de pornstar todoterreno hay una sensibilidad que descoloca. Lily habla de la soledad postcoito, del vacío tras el personaje, de la necesidad de amigos para no perder pie. Pero lo asume como parte del precio. No se arrepiente.
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