Acero templado, abdominales marcados incluso después de estar preñada y un físico que parece diseñado por un ingeniero alemán obsesionado con la eficiencia. En la era del postureo, donde media humanidad confunde el bienestar con filtros y la autoestima con likes, Vikika juega en otra liga en realidad. Es decir, la del músculo trabajado, la constancia y la repetición. Eso, paradójicamente, la convierte en una anomalía dentro del circo digital.

Su impacto en redes es evidente. Un millón largo de seguidores mirando cómo se mueve, cómo entrena, cómo se recupera tras un embarazo sin dramatismos ni épica barata. El cuerpo de Vikika funciona como un manifiesto visual en un ecosistema poblado de gurús huecos, frases motivacionales trilladas y legiones de imbéciles funcionales convencidos de que el éxito cabe en una foto bien iluminada. Ella aparece sudada, fuerte, con glúteos que parecen tener agenda propia y un mensaje incómodo para los espectadores perezosos: estar así requiere una disciplina de tres pares de cojones, lo demás son milongas.

El físico de Vikika vende porque impresiona, claro está. La superficialidad manda más que nunca y ella lo sabe, pero detrás del impacto visual hay método y discurso. También hábitos inquebrantables, fuerza de voluntad, descanso y mucha cabeza. Nada es mágico. Eso la separa del influencer de usar y tirar que dura lo mismo que cualquier moda imbécil y efímera.

En tiempos donde se idolatra el cuerpo sin entenderlo y se desprecia el pensamiento por falta de tiempo o neuronas, Vikika Costa representa una hostia de realidad que viene a decir que cultivar el físico sin cultivar la cabeza sigue siendo mediocridad, aunque esté fibrada.








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