Anya Taylor-Joy apareció en este planeta un 16 de abril de 1996 en Miami, pero creció entre Argentina y Londres. Habla inglés, con acento británico de piscifactoria, y español con una cadencia que parece que te está susurrando guarradas al oído, aunque solo te pregunte la hora.

Su historia en el cine comenzó de forma curiosa, pues la descubrieron paseando por Londres con un abrigo de color llamativo y un perro. Una modelo se le acercó, le dijo «tú vales oro» y Anya, que entonces era una cría con cara de no haber roto un plato, se encontró al poco tiempo rodando «La bruja». Se trata de una película de terror rural donde ella se convirtió en la niña poseída que acababa desnuda en el bosque mientras una cabra llamada Black Phillip le hablaba en voz baja. Ya ahí, con 19 años, Anya demostró que no le temblaba el pulso para quitarse la ropa y mirar a cámara.

Luego vino «Split», y con ella M. Night Shyamalan. Anya interpretó a Casey, una adolescente secuestrada con un pasado oscuro a cuestas. La película fue un éxito de la hostia, y ella se ganó el derecho a no tener que volver a hacer un cásting en su puta vida. Pero Anya, que es lista y no se cree el cuento, siguió picando piedra.

Y entonces llegó «Gambito de Dama». Eso fue como si los dioses del porno y los del ajedrez se hubieran puesto de acuerdo para regalarnos siete horas de sexo intelectual con ella vestida de los años 60. Anya se metió en la piel de Beth Harmon, una huérfana genio del ajedrez, adicta a las pastillas y con un guardarropa que hacía llorar a tu ex. La serie la convirtió en un fenómeno mundial. De repente, todo el mundo quería ser ella, vestir como ella, mirar como ella. Y sobre todo, todo el mundo quería verla desnuda, cosa que la serie apenas enseñaba, lo cual es una puta ironía cósmica.

Porque Anya, durante todos esos años, había estado haciendo desnudos en el cine independiente con una naturalidad pasmosa. En «Thoroughbreds» enseñaba el cuerpo con la misma frialdad con la que planeaba un asesinato. En «Last Night in Soho», Edgar Wright la vistió de rosa y transparencias y la puso a bailar en un club de los 60 como si fuera una muñeca sexual de lujo. Y en «The Northman», Robert Eggers la metió en un agujero de tierra, la desnudó y la hizo gemir como una loba mientras Alexander Skarsgård la miraba con ojos de «te voy a comer el coño y luego voy a matar a tu tío».

La cuestión es que Anya Taylor-Joy es una de esas raritas que pueden pasar de ser la virgen de una película de terror a la zorra psicodélica de un videoclip de los años 70 sin que a nadie le parezca raro. Sus ojos están separados medio centímetro más de lo normal, y eso, en lugar de resultar extraño, la convierte en una de las criatura más fascinante de Hollywood. Y es que cuando te mira fijo, no sabes si te va a dar un beso o a apuñalar.

Hoy Anya está casada con un músico, gana millones, es la musa de Dior y puede elegir el papel que le salga de los ovarios. Pero nosotros la recordamos descalza en el bosque, con la cara manchada de sangre, enseñando el culo a una cabra diabólica mientras el mundo descubría que había nacido una nueva diosa.










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