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El «chikan» y las costumbres sexuales de Japón: abusar de japonesas en el metro de Tokio

Cuando nos hablan de la potente industria del porno japonés y sus AV Idol (exclusivas estrellas porno locales), solemos relacionarlo con ciertos fetichismos de lo más extraños como el porno con tentáculos, las sumisas geishas, el gusto por las colegialas con minifalda que se despacha en las tiendas del barrio de Shinjuku o los hikikomoris —jóvenes aislados con extrema fobia social que no salen de sus habitaciones— y otakus del manga que consumen animes de fuerte contenido erótico y violento. Lo cierto es que el país del sol naciente es un mundo aparte a Occidente en el que se suele consumir producto pornográfico autóctono, sibarita, pervertido y de lo más bizarro.

Sin embargo, muchos lectores que no conocen de primer mano las costumbres sexuales de Japón ignoran por completo una figura masculina que se ha gestado a la sombra de estas extrañas costumbres sexuales que beben directamente de una herencia de represión. Nos referimos a la figura del chikan, el típico acosador sexual de metro que se frota los genitales contra las japonesas allí presentes; sin su consentimiento, claro está.

Una práctica delictiva que es una verdadera plaga inextinguible en Japón y ha sido retratada en multitud de series anime como el típico viejo verde que acosaba y manoseaba a las jovencitas e incluso les robaba la ropa interior como trofeo fetiche. No obstante, la libertad siempre gana a las estrictas regulaciones legislativas y permite filmar este tipo de prácticas abusivas diametralmente opuestas al feminismo postmoderno. A fin de cuentas el mercado se basa en satisfacer la demanda de las masas y si el interés público de los japos se centra en las prácticas sexuales más marcianas y pervertidas, bienvenidas sean.

De esta manera y más allá del gravísimo problema que arrastra el país del lejano oriente con la creciente crisis demográfica y el acoso sexual en el transporte público, han aparecido numerosas productoras en grabar este tipo de morbosas situaciones, profundamente arraigadas en su cultura desde tiempos inmemoriales, que tienen como fin tocar a una mujer aprovechando la forzada cercanía.

El metro de Tokio, escenario ideal para el «chikan»

Son ilustres las imágenes del metro de Tokio en donde revisores con relucientes guantes blancos empujan a los viajeros al interior de los abarrotados vagones apretándolos como sardinas en lata. Una idílica situación para el pervertido chikan que permanece oculto, anónimo y amparado entre la multitud, lugar que aprovecha para realizar sus tocamientos, frotis de genitales o incluso hacer fotos con el móvil por debajo de las minifaldas a jovencitas que no llevan bragas, tradición sexual nipona donde las haya que ha hecho que las compañías de móviles estén obligadas a que el teléfono emita un sonido automáticamente cuando se haga una foto .

Los pervertidos viajes sexuales de las japonesas

Para las chicas japonesas es un suplicio y una tortura realizar viajes de largo trayecto apretadas en autobuses y metros. Suelen ser rozadas intencionadamente por los micro penes de sus compañeros masculinos. Si además tenemos en cuenta que en la nación asiática la vergüenza es tan profunda que una mujer es forzada a enmudecer de silencio ante lo que en cualquier ciudad occidental sería una flagrante agresión sexual, tenemos el cóctel perfecto para un tipo de producciones pornográficas que rozan el delito y que dejan bien claro el nivel de perversión fetichista que existe en el país del lejano Oriente.

Escenas de japonesa violadas en el vagón de metro

No sé hasta qué punto es legal este tipo de vídeos que interpretan realmente una auténtica violación de una japonesa en el metro. Una panda de locos y frikis que les encanta aprovecharse de inocentes chicas tímidas cuando van en el metro. Muchas de ellas colegialas japonesas menores de edad que tienen el coño tan peludo que ya se puede decir aquella famosa frase popular de «si hay césped se puede jugar partido«.

Desde JaqueMateAteos avisamos que no son baladí estas oscuras perversiones tan incrustadas socialmente que hasta en los prostíbulos de Tokyo tienen instalados vagones de metro para que afloren como válvula de escape estas sucias y abusivas fantasías. Una cosa está clara, sus tópicos y costumbres sexuales siempre serán una parafilia incomprendida para los demonios extranjeros y una delicatessen para los que buscan curiosidades pornográficas tan extrañas como fascinantes.