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“Curse Eternal”: sexo, momias y maldiciones milenarias

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Curse Eternal es lo que pasa cuando alguien decide meter en una misma coctelera una maldición egipcia, una reina momificada, amantes reencarnados y una cantidad indecente de polvazos, y encima con el presupuesto de una gran producción. Estrenada en 2006 por Wicked Pictures y dirigida por Brad Armstrong, esta marcianada se toma en serio la ambientación aunque la historia vaya completamente desatada.

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Todo empieza cuando Randy Spears encuentra la tumba de la reina Neferkala, interpretada por Kaylani Lei. La bella faraona lleva siglos encerrada entre sarcófagos, pero despierta con las mismas ganas de guerra con las que se quedó dormida. Spears descubre rápidamente que abrir una tumba maldita puede salir bastante más caro que cualquier excavación arqueológica, pues la reina se encapricha de él y, después del encuentro, le roba su fuerza vital.

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Dos décadas después, su hija Samantha, interpretada por Jessica Drake, vuelve a abrir la tumba y, porque aparentemente nadie aprende de los errores familiares, libera otra vez a Neferkala. La reina tiene un objetivo entre ceja y ceja. Este es encontrar a Nomrom, su amante eterno, interpretado por Eric Masterson, que anda por ahí reencarnado y esperando que alguien vuelva a meterle en semejante berenjenal.

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A partir de ahí, la película se convierte en una auténtica fiesta del vicio faraónico, con parejas que se cruzan, encuentros lésbicos, tríos, sexo anal y una orgía que termina de convertir la maldición milenaria en una bacanal de proporciones bíblicas o, más bien, faraónicas.