Rosalía es una chica mona, eso casi nadie los discute. Aunque un servidor acude de vez en cuando a un gimnasio de barrio, y lo cierto es que se ven a chicas más despampanantes que la cantante, pero ya sabemos todos cómo la fama puede idiotizarnos y hacer que tendamos a sobrevalorar lo televisivo, lo expuesto en los “escaparates”. Ahora bien, tiene ese aura de fémina que te sonríe en el metro y te deja todo el día con cara de estúpido.

La chica tiene una vocecilla dulce, además de cierta presencia; en eso estamos más o menos de acuerdo. Pero luego llega el círculo de acólitos iluminados, esa fauna de modernitos que cada vez que Rosalía respira sacan un hilo de 27 tuits explicando que acaba de desestabilizar el canon sonoro occidental y que en realidad no estamos preparados para comprenderla. Venga ya.

Que sí, que vais de musicólogos redomados y actuáis como diocesillos de estercoleros como el “Coñogram”, el “Pollabook” y demás mierdas furibundas, pero el jodido último disco de esta chica no es la piedra filosofal, ni un códice secreto del Concilio de Trento; es música pop con una envoltura sobreproducida y edulcorada. Y es que el marketing que hay detrás es directamente militar, a través de campañas que llegan a todos los rincones, colaboraciones estratégicas, una estética estudiada al milímetro, y una narrativa de artista revolucionaria que ya se les ha ido de las manos. Cada videoclip viene con un miniensayo de cuatro páginas explicando su deconstrucción conceptual. Idos a chuparla a la Venta del Nabo.

Lo divertido es que hay una masa de intelectualoides encantados de ejercer de sacerdotes «rosalíacos», dispuestos a explicarte por qué lo que oyes no es pop, es pos–pos–flamenco transdisciplinar con injertos emocionales. Vamos, que por poco te dicen que ha reinventado el lenguaje binario.

No es culpa de la catalana, la exageración viene de fuera, de ese ecosistema de hype permanente donde cualquier canción suya es recibida como si acabara de abrir un portal interdimensional. En fin, a ella le viene bien cualquier tipo de crítica, y con este texto contribuimos a elevar el ruido en torno a ella (para vender, hemos de admitir, igual que ella y toda su corte propagandística), que ya es ensordecedor y muy, muy “jartible”, aunque aquí, como web ligada a la industria del entretenimiento para adultos, no queremos escucharla ni de coña, lo que pretendemos es contemplarla lo más desnuda posible, puesto que un cuesco de la Fernanda de Utrera es más artístico y valioso que toda su discografía, incluyendo los álbumes que están por venir.










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