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Sexo rudo: la línea delgada entre el juego y la agresión

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A muchas parejas les gusta una buena dosis de sexo rudo. La gente lo busca, lo pide y lo consume, ya sea en su vida personal o para alegrar la vista —y los bajos—. Pero la pregunta incómoda sigue ahí: ¿dónde acaba el juego y empieza la violencia de verdad? El lenguaje ya lo delata, destrozar, empotrar, partir…, un vocabulario de guerra para algo que se supone que debe ser placentero. El porno ha alimentado esa estética durante décadas, pero algo ha cambiado. Ahora se consensúa antes, se disfruta y se cuida. Esos gestos de ternura tras la tormenta separan el polvo salvaje de la agresión real.

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Mujeres que piden que les sujeten las muñecas, que les tiren del pelo, que les hablen con autoridad. En realidad, eso no es sumisión, es también una forma de poder. Es decir, saber lo que quieres y exigirlo. Incluso a veces un “no” es un “sí” pactado, por lo que ciertas proclamas son un poco limitadas y prosaicas. Que no se nos enfaden las feministas, su lucha (la “seria”) es más que razonable y legítima. Ahora bien, hay ciertas fronteras que no han de cruzarse, lo que a veces el porno vende como normal —estrangular, apretar el cuello— es una juego con el oxígeno que riega al cerebro que puede tener consecuencias dramáticas. Y es que el consentimiento no cubre lesiones graves. Puedes dar cachetes, atar, gritar, pero si tocas la yugular, estás jugando a la ruleta rusa con el cuerpo del otro.

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Tampoco el sexo duro sigue el guion del hombre bestia y la mujer sumisa. Ese relato se ha roto. Los roles se cambian, se negocian, se disfrutan. Y lo más excitante no es la fuerza bruta, es saber que todo está acordado. Saber cuándo parar, cuándo apretar, cuándo soltar…

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