Sarah Santaolalla es ese terremoto con tacones que lleva irrumpiendo en los platós son dejar a casi nadie indiferente. Para aquellos que permanecen ajenos a los tubos catódicos de sus televisores, conviene indicafr que esta joven trabaja como analista política en RTVE y se ha convertido en una de las figuras más polarizantes de la televisión actual. Y es que esta mujer es un cóctel Molotov de ideología de izquierdas, con un físico llamativo y contundente que hace que el público fachilla se haga pajas de manera convulsiva, imaginándola mirando para Cuenca y dándole duro. En cuanto a su discurso, suele ser tan efusivo que parece que se haya tragado a Irene Montero y le salga por los poros. Es curiosa esa vehemencia a la hora de argumentar o rebatir ideas. Nos consta que también pone nerviosos a muchas personas afines ideológicamente.

Empecemos por lo que más calienta a la grada de derechas. Sarah cumple, según sus propias palabras, con «los requisitos para ser una mujer de derechas». Pero no te emociones, que lo dice con una ironía que corta el bacalao: «A ellos, a los hombres de derechas, les gustaría que lo fuera. Sobre todo por mi físico, que les encanta». Y vaya si les encanta. La contradicción es deliciosa, una mujer que defiende discursos progresistas con un cuerpo que el ideario conservador considera tradicionalmente femenino —y por tanto la mar de deseable—, y que, además, lo muestra sin complejos. Es el sueño húmedo del facha que la odia y la desea a partes iguales. Ella lo sabe, y juega con ello.

Si hay algo que Sarah domina, es meter cizaña y salir ardiendo. Su currículum polémico es digno de una estrella del rock. «Mitad tonta, mitad tetas». Un excremento humano, como Rosa Belmonte (que le limpia los bajos por las mañanas al chihuahua Jiménez Losantos. Donde las dan, las toman, «señora» espantajo), con un timbre de voz insufrible que dan ganas de asesinar, la despachó con esa lindeza, y el plató se rió. Pablo Motos, Juan del Val, todo el club cuñaos del prime time, que dan vida diariamente a ese estercolero televisivo camuflado de propuesta “divertida” para toda la familia (náuseas infinitas). Sarah lo denunció como violencia machista, y el debate sobre si un escote invalida un argumento se volvió a abrir.

La escritora Lucía Etxebarria le dedicó un monólogo en X sobre su fenotipo y que «si vas a hablar de tu padre y de los grises con ese escote nadie te va a hacer ni puto caso». En fin, según la literata de todo a cien, el cuerpo de Sarah es tan potente que anula cualquier discurso. Menuda defensa del feminismo, ¿eh?

«Niños, niñas y niñes, follad con quien queráis». Esta perla en la televisión pública hizo que Manos Limpias y Hazte Oír le pusieran una denuncia por corrupción de menores. La asociación la acusó de incitar a la sexualización prematura de la infanci en horario infantil. ¿Una exageración? Probablemente. ¿Un titular jugosísimo? Sin duda.

Sarah tiene ese sex appeal pronunciado, una vehemencia a veces explosiva que se acelera en las tertulias y te suelta discursos de tres minutos sin respirar. Esa forma de moverse, de vestir, de mirar a cámara como si te estuviera retando a que le digas algo. Y los datos, amigos, los datos no mienten, en el mundo real, sin filtros de internet, hay quien la califica de 9 sobre 10. El problema es que en la burbuja digital, donde la hipocresía campa a sus anchas, la tachan de «choni operada», de «gremlin con pechuga» o de «propagandista del régimen».

El verdadero problema de Sarah, como bien apuntan algunos análisis, no es su físico, sino su voz. Las dimensiones de sus senos nunca son un obstáculo cuando el cuerpo es objeto, pero se convierten en escándalo cuando la mujer es sujeto, cuando habla, opina y discute poder. Y cuando el debate se desplaza hacia su escote, a menudo es porque el debate político ya ha perdido altura.






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