Hablemos sin rodeos de la gran revelación de la música pop global, una tal Chappell Roan que se ha consolidado por todo lo alto como un auténtico huracán de excentricidad, drags y actuaciones deslumbrantes. Lejos de conformarse con ser la típica estrella de listas de reproducción, esta muchacha ha revolucionado el cotarro convirtiendo cada aparición pública, cada concierto y cada alfombra roja —como su comentadísimo y arriesgado paso por los premios Grammy— en un espectáculo visual donde el exceso recargado, la estética camp y la provocación sin complejos mandan sobre cualquier manual de corrección política.

Lo divertido del fenómeno es ver cómo trae a las redes sociales al borde del colapso día sí y día también. Entre debates virales sobre sus declaraciones, su defensa acérrima de su identidad y su manera de mezclar el folclore de su Misuri natal con himnos pop de discoteca, la artista levanta pasiones y ampollas a partes iguales.

Da igual que monte un minifestival temático en Los Ángeles con actuaciones estelares o que acapare titulares por no morderse la lengua ante la crítica. Chappell se ha ganado a pulso el trono de princesa del pop alternativo a base de descaro y una puesta en escena que deja en pañales a cualquier producto prefabricado de la industria.

En definitiva, se trata de un icono moderno tan brillante como indomable que nos recuerda que el verdadero entretenimiento musical necesita una buena dosis de caos y personalidad.








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