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La degenerada vida de Janine Lindemulder

La vida de la mítica pornostar de los 90 Janine Lindemulder, tanto la privada como la profesional, estuvo plagada de altibajos emocionales, uniones turbulentas, divorcios y hasta peleas conyugales que terminaron por llevar a la starlet californiana a conocer muy de cerca la cárcel. Un pasado muy movidito que hizo que se retirara del porno en diversas ocasiones para volver a retomarlo otras tantas más.

Se podría decir que le iba la marcha en todos los sentidos y viendo su envidiable palmarés no entendemos como pudo acabar tan mal: portada Penthouse, musa de Andrew Blace (el realizador lésbico más glamuroso de los 90), protagonista de videoclips musicales como el de Blink 182, amiga de la actriz Julia Ann y prima de la mismísima Kelly Madison, estrella de la legendaria compañía Hustler, una de las primeras y más famosas chicas contrato de la productora ViVid Video, la última pornostar con la que folló Jenna Jameson (Janine Loves Jenna)…

Posiblemente su mejor momento fue cuando decidió volver al porno dispuesta a follar con hombres —en sus preludios solo actuaba en películas lésbicas— con un cuerpo renovado de arriba a abajo, más atlético y sobre todo plagado de tatuajes moteros y piercings que le daban una agresividad sexual muy provocativa y por la que sus seguidores la amaban. Fue su mejor época, la del look punk en la que no paraba de ganar premios pornográficos por su increíble valía.

Lo cierto es que Janine Lindemulder significó para toda una generación un hito de la época. Era increíble el ardor y la energía con la que comía coños y pollas y cabalgaba a lomos de sementales como Rocco Siffredi o Nick Manning y era la protagonista indiscutible de films legendarios como «Pirates».

Una lástima que 11 años después de su última escena Janine, con 50 años cumplidos, es una mujer que vive en el ostracismo por culpa de sus pleitos y litigios judiciales, que malvive con ayudas estatales, con tres matrimonios fracasados a sus espaldas y que ha perdido todo contacto con su hija. Suponemos que es el precio que debe pagar por ser un espíritu rebelde del porno al que nadie doma ni controla.

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